Volví a ver recientemente la película Apocalypto, del siempre polémico cineasta australiano Mel Gibson, y en la cual se presenta una visión de los pueblos originarios de México muy distinta a la que normalmente difunde la historia oficial. Según la cinta de Gibson, los mayas no únicamente se pasaban la vida observando los astros, haciendo cálculos matemáticos y elaborando sofisticados calendarios; también llevaban a cabo crueles matanzas, sacrificios humanos y salvajes invasiones a pueblos vecinos. La película incluye una crítica implícita a la visión idílica y romántica sobre los pueblos precolombinos que todavía subsiste y que parece que cada día cobra más fuerza gracias a la demagogia de ciertos políticos e intelectuales.En efecto, el indigenismo, entendido como la corriente de pensamiento que pretende revalorizar lo autóctono prehispánico y presentarlo como antagónico a los valores occidentales que fueron “impuestos”, tuvo en un origen, como bien lo señala Carlos Castillo Peraza (véase su libro El ogro antropófago), una intencionalidad claramente política por parte de sus creadores, los anglosajones protestantes, quienes fabricaron la llamada leyenda negra con el fin de sustituir la raíz católica hispana de Iberoamérica e implantar su hegemonía cultural.
Contrario a lo que sugiere el indigenismo (y sus radicales versiones posmodernas, provengan del subcomandante Marcos, de Evo Morales, de Rigoberta Menchú o de intelectuales progres), la conquista de América no fue un despiadado genocidio por parte de los españoles en contra de los indefensos indígenas, sino un proceso histórico de enorme complejidad que no admite visiones maniqueas. Los pueblos aborígenes no constituían una unidad monolítica, sino que la diversidad reinaba entre ellos y, en el caso concreto de México, un factor común a casi todos era su oposición, después aprovechada por Cortés y los suyos, a la verdadera opresión que provenía de los mexicas.
La América mestiza que surge de ese encuentro de dos mundos es hija de la tesis cristiana de la igualdad radical de la especie y del concepto de persona, tan defendido por teólogos españoles del siglo XVI como Suárez o Vitoria.
Aunque sea políticamente incorrecto, en estos tiempos en los que la vieja dialéctica marxista adopta nuevas caras y una de ellas es la lucha racial, valdría la pena que releyéramos el libro Humanismo Político de don Efraín González Luna. Ahí, el principal ideólogo del PAN afirma que los países de Hispanoamérica deben superar odios del pasado y articularse en una familia de naciones para integrar una unidad superior; el concepto de “hispanidad” justamente agrupa a este conjunto de elementos culturales que le dan cohesión a cada nación iberoamericana, constituyendo el núcleo de su identidad particular.
A propósito de Apocalypto. La volví a ver el sábado.



Está en discusión en México una iniciativa de reforma constitucional para hacer explícito el carácter laico del Estado mexicano a costa, incluso, de poder vulnerar la libertad religiosa de ciertos ciudadanos, como por ejemplo los servidores públicos. Esta iniciativa, promovida principalmente por el PRI y el PRD, forma parte de una campaña de más largo aliento a la que se han sumado varios políticos, intelectuales y periodistas y que, confundiendo laicidad con laicismo, pretende borrar cualquier vestigio de religiosidad en la sociedad y generar una especie de moral cívica en la que el único referente sea el Estado.